Corea del Sur

Corea es una península de tamaño pequeño en comparación con los colosos de China y Japón, y su situación entre ellos ha propiciado una historia tortuosa que tuvo como resultado la división a mediados del siglo pasado en dos países totalmente antagónicos, con el dolor y sufrimiento que eso conlleva para la población. En esta ocasión tuvimos que conformarnos con visitar únicamente Corea del Sur, ya que actualmente para visitar Corea del Norte hay que hacerlo con viajes organizados desde Pekín, son extremadamente caros y, obviamente, no se puede hacer por libre, así que dejaremos esa visita para otro momento.

En Corea del Sur esperábamos encontrarnos una sociedad moderna y tecnológica, parecida a la japonesa que ya habíamos visitado en dos ocasiones, con elementos tradicionales del extremo oriente parecidos a los de China. Pero lo que no nos esperábamos, y fue la gran sorpresa que nos ofreció el país, fue la amabilidad y simpatía de los coreanos. Los japoneses son muy correctos y educados, y los chinos amables, pero siempre manteniendo cierta distancia por timidez o choque cultural, pero los coreanos se mostraron abiertos e interesados en tener contacto con occidentales, de hecho por la calle veíamos grupos de amigos mezclados y más parejas que el resto de países del lejano oriente.

BUSAN
Llegamos a Corea del Sur desde China en avión a Busan (o Pusan), segunda ciudad del país y extremo sur de la península coreana. También es un centro turístico nacional así que en agosto estaba en plena temporada alta, y decidimos alojarnos en la playa de Haeundae, una especie de “Benidorm coreano”, que se encuentra en el área metropolitana de Busan. En el mismo aeropuerto tomamos el metro que tras un interminable trayecto, unas 25 paradas, nos llevó a Haeundae, la primera impresión fue buena, multitud de restaurantes y locales con mucho ambiente, que es lo que nos esperábamos encontrar.

Nos alojamos en el hostel y vemos que esa noche organizan una “fiesta de la cerveza”, sin saber muy bien que nos íbamos a encontrar nos apuntamos, con ese nombre tampoco podía ser nada malo. Salimos a dar una vuelta y a cenar algo, tomando la primera toma de contacto con la picante comida coreana, a la cual nos costó encontrarle el punto ya que el picante no nos gusta y fuimos aprendiendo que teníamos que pedir y que no, seguimos el consejo de nuestro amigo Carlos: si es rojo pica, y mucho. Volvemos al hostel a la hora estipulada de la “fiesta” y nos encontramos una especie de mesa de cumpleaños llena de adolescentes coreanos, por supuesto a partir de ese momento pasamos a ser el centro de atención. Pero como he comentado antes muestran mucho interés en los occidentales y les encantó nuestra presencia, enseguida empezamos a hablar, al principio tímidamente, pero conforme iba avanzando la fiesta cada vez más desinhibidos. La fiesta consistía en pollo frito y cerveza, que después comprobaríamos que es una comida bastante habitual en Corea, y acabó con los típicos juegos alcohólicos que parece que existen en todos los países, que quien pierde unas pruebas tiene que beber. Acabamos haciéndonos fotos y con muy buen ambiente y nos retiramos todos a dormir, a los 5 minutos nos tocan en la puerta y nos dicen que han hablado entre ellos y que van a salir de fiesta por la ciudad, que si nos unimos… nuestra respuesta fue automática: ¡pues claro!, hay que aclarar que entre los coreanos casi todos viajaban solos (algo muy habitual entre ellos), como mucho dos amigos, así que ellos también se acaban de conocer. Nos vamos a un bar y nos dicen que si nos gusta el “moito”, nos lo tuvieron que repetir un par de veces para que entendiéramos que nos estaban hablando de “mojitos”, ¿qué si nos gustan? No sabéis con quien estáis hablando :P, después fuimos a cenar (para nosotros por tercera vez) a un restaurante coreano, nos aconsejaban qué tomar para que no picara mucho, la dueña se hacía fotos con nosotros… en resumen una gran noche, nuestra primera noche en Corea del Sur y habíamos salido de fiesta con coreanos, con los que actualmente aún tenemos contacto por internet, entre ellos también surgió alguna pareja que aún perdura. Fue una noche muy feliz.

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Ya a la mañana siguiente fuimos a dar una vuelta por la playa, como buenos orientales los coreanos se bañan con bastante ropa y con flotadores, la playa de Haeundae siempre está llena de grandes flotadores amarillos aunque como el día salió nublado ese día no había muchos, nosotros hicimos un paseo por la costa girando un pequeño cabo hasta donde se veía la ciudad de Busan al otro lado de la bahía, por el camino hay una “sirenita” al estilo de la de Copenhague.

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Tras otro largo viaje en metro fuimos a visitar la ciudad de Busán, la primera parada fue su famoso mercado de pescado (Jagalchi Market) que consiste en multitud de puestos de pescado, regentados casi todos ellos por mujeres, que en la calle ofrecen todo tipo de animales que te puedas encontrar en el mar, tienes la posibilidad de comprar y comértelo en unas mesas que hay detrás de los puestos, más fresco imposible. El mercado tiene mucha vida y es una amalgama de colores y olores.

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Extendiéndose hacia el centro comercial de la ciudad el mercado continúa cambiando los puestos de pescado por otros de comidas variadas, la ciudad tiene un importante festival de cine y unos arcos conmemorativos recuerdan a las “estrellas” que han pasado por él.

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El centro de la ciudad propiamente dicho se conoce como Nampo-Dong, y aparte de ser una zona con numerosas tiendas también tiene muchos puestos callejeros para comer auténtica comida coreana. En un extremo del barrio, cerca del mercado de pescado, se encuentra el mayor centro comercial de Busan, de la cadena Lotte, que es interesante visitar por dos razones: la primera es que su terraza superior nos ofrece unas grandes vistas de la ciudad por un lado y del puerto y la bahía por el otro, en las vistas de la ciudad destaca la Torre de Busan, a la que también se puede subir para tener buenas vistas, cosa que no hicimos; y dos, por la espectacular fuente interior que recrea figuras y letras y que es curiosa de ver mientras se descansa. Las dos cosas son gratuitas.

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Por la noche dimos buena cuenta de otra suculenta barbacoa coreana, de las que poco a poco íbamos aprendiendo lo que picaba menos.

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GYEONGJU

Nuestra segunda parada en Corea fue esta ciudad de difícil pronunciación, a la que llegamos después de un par de horas en un tren regional. Esta pequeña ciudad fue capital del reino de Silla, un imperio de durante casi mil años ocupó buena parte de la península coreana. Hoy en día es visitada por sus vestigios históricos, nosotros nos alojamos en un “hanok”, casa tradicional coreana, situado en una de las callejuelas del centro.

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Aunque lo más interesante se encuentra en las afueras, nosotros visitamos el tempo de Bulguksa, a una media hora en autobús urbano de la ciudad, que es el mayor templo budista de Corea. La lluvia no dejó de acompañarnos durante todo el día, lo que deslució algo la visita al complejo de templos y pagodas. Además de los templos en lo alto de una montaña cercana hay un gran buda de madera. Normalmente la gente, después de visitar los templos, sube en autobús a la cima de la montaña, pero como pasa cada hora, acababa de pasar hace poco y andar no nos da miedo, allá que tiramos montaña arriba por el sendero, bajo la lluvia y la niebla. Por el camino nos acompañaron ardillas y ranitas. En lo alto de la montaña vimos el Buda (que está prohibido fotografiar) y ya puestos… pues bajamos andando otra vez.

Una vez ya de vuelta en Gyengju, esa noche nos dimos una vuelta por la ciudad y vimos los curiosos montículos del parque de los Túmulos, que son tumbas ancestrales que contienen sarcófagos y ajuares pero que hoy en día tienen más forma de parque que de cementerio.

ANDONG

Tras otro tren llegamos a Andong, ciudad muy representativa de la cultura y el folklore coreano. La tarde la aprovechamos para dar un paseo hasta el Wollyeongo Bridge, antiguo puente de madera sobre el que giran diversas leyendas y al que se puede llegar desde la ciudad paseando río arriba, aunque también hay un tren de cercanías que acorta el viaje para los más perezosos. El puente en bonito aunque está sobre una base de cemento por su antigüedad, lo que le resta algo de encanto, es recomendable quedarse hasta el anochecer porque las luces en el agua crean bonitos reflejos.

Cuando estábamos allí apareció un grupo con trajes tradicionales y bailando las danzas típicas, suponemos que se dirigirían al restaurante cercano donde puedes cenar con la típica turístada de espectáculo tradicional, nosotros con nuestra habitual política de “si es gratis mejor” disfrutamos de su paso y emprendimos el camino a regreso a la ciudad, esta vez por el margen del río, por el que discurre un agradable sendero entablillado aunque lo tuvimos que hacer bajo la lluvia.

El día siguiente lo dedicamos a visitar la villa folklórica de Hanoe, que es uno de los pueblos más típicos de toda Corea del Sur donde llegamos después de tomar un autobús de línea que tarda alrededor de una hora. El pueblo está muy bien conservado y es muy agradable pasear por sus callecitas observando la tradicional arquitectura coreana, en el centro del mismo se encuentra una pequeña plaza que protagoniza un gran árbol, alrededor de él la gente deja papeles con sus deseos, algo muy asiático. El pueblo está rodeado por el río y se puede cruzar una barca (pagando, claro) para subir a una pequeña montaña y tener una vista desde las alturas del pueblo y de su forma de flor de loto.

SEÚL

A la mañana siguiente tomamos un autobús muy amplio y cómodo que en tres horas nos llevó hasta Seúl, capital coreana y una de las grandes urbes asiáticas. La ciudad tiene más de 10 millones de habitantes (25 el área metropolitana) y aun así no nos dio la sensación de ser tan desbordante como Tokio y ser más abarcable, será que ya estamos acostumbrados a ciudades de esa dimensión, y que ayuda el amable carácter coreano.

El primer barrio que visitamos fue Insadong, que se sitúa sobre una colina y que combina casas tradicionales, con locales artísticos y de moda, con unos precios algo elevados. Al estar elevado tiene buenas vistas del resto de la ciudad y viene bien para ir situando las diferentes zonas de la ciudad. Un barrio agradable para pasear en el que los domingos peatonalizan la calle principal.

Empezamos a descubrir la animada noche de Seúl, que no tiene nada que envidiar a la de Tokio, son ciudades que nunca duermen y a los coreanos les gusta reunirse a cenar en restaurantes a comer una típica barbacoa coreana o, de forma más popular, pollo con cerveza, que pasó a ser la base de nuestra alimentación esos días, para evitar el picante de las barbacoas.

Como capital de un imperio con larga historia no podía faltar la zona de palacios y jardines, que en Seúl se encuentran en el barrio de Gwanghwamun. Al estilo de la “Ciudad Prohibida” de Pekín se suceden una serie de edificios y parques que reflejan la época de grandiosidad de las diferentes dinastías, una visita obligada en la ciudad. El recinto es grandioso y con multitud de detalles en los que fijarse.

Además, y repartidas por la ciudad, quedan seis de las ocho puertas originales que formaban parte de la muralla que rodeaba la ciudad.

La visita a la zona olímpica es obligada para los de nuestra generación, casi las primeras olimpiadas que recordamos, y las primeras en las que participaron todos los países, después de los boicots de los diferentes bloques en las anteriores. En el recinto están las banderas de todos los países participantes, algunos de los cuales ya no existen. Hay muchas zonas verdes que se prolongan por el borde del río Han, convirtiendo la zona en un buen sitio para hacer deporte, aunque el día salió lluvioso.

El barrio financiero (y pijo) por excelencia es Gangnam, famoso mundialmente por la canción de Gangnam Style, como recuerda un pequeño escenario en el que te puedes subir a hacer la foto moña de rigor (Si, la hicimos. No, no la vamos a poner). Además es un animado barrio de compras y de restauración, puedes encontrar restaurantes de cualquier tipo y abiertos a cualquier hora.

Lo que se podría considerar el centro de Seúl trascurre a lo largo de la avenida Sejongno, que empieza en los palacios y llega hasta el ayuntamiento, y la zona del canal Cheonggyecheon Stream, un agradable canal por el que se puede pasear y olvidarse un poco del bullicio entre rascacielos. La zona estaba muy animada por la visita del Papa, con el que volveríamos a coincidir (casualmente también, claro) unos meses después en Estambul.

En el extremo inferior de la avenida se encuentra Namdaemun, una de las monumentales puertas de la ciudad. Y junto a ella un animado y bullicioso mercado con el mismo nombre, y la estación de tren más importante de la ciudad, donde tenía lugar una manifestación, incomprensible para nosotros.

En medio de la ciudad emerge una verde montaña que configura el parque Namsan, y en el punto más alto de la montaña se sitúa la torre N Seoul Tower, a la que se puede acceder mediante un teleférico o (si quieres ahorrar unos wones, como suele ser nuestro caso) subiendo la montaña por senderos y escaleras, lo cual lleva un buen rato. El sitio es inmejorable para tener vistas de la ciudad, que se extiende en innumerables barrios hasta donde la niebla, la contaminación o las montañas permiten ver. No es necesario subir a la torre, es algo cara, ya que desde lo alto de la montaña se tienen las mismas vistas. Los coreanos, grandes fanáticos de la cultura pop, llenan las barandillas con candados y mensajes de amor más allá de lo que uno pudiera imaginar por el espacio disponible.

Una buena idea para comer en Seúl es entrar en cualquier mercado, en los mismos puestos te prepararán la comida que puedes tomar allí mismo en pequeños bancos que están en los mostradores, más fresco y auténtico es difícil.

En nuestra última noche en Seúl quedamos con los amigos que habíamos hecho en el hostal de Busan, la mayoría vivían en el área de Seúl y habíamos seguido manteniendo el contacto (a día de hoy aún lo hacemos). Quedamos en un barrio periférico de Seúl, alejado de los puntos turísticos, donde estuvimos cenando pollo con cerveza y barbacoa, los coreanos son de buen comer, la velada fue muy agradable y con muchas risas. Nos volvió a demostrar lo abierto del carácter de los coreanos, que siempre están muy interesados en tener contacto y saber cosas de los “occidentales”.

En nuestro último día en Seúl, y en nuestro camino hacia la zona de Yeido visitamos el War Memorial of Korea, un gran museo casi en su totalidad al aire libre y gratuito. Con una gran cantidad de aviones, carros de combate, camiones y demás material bélico no es agradable pero si muy interesante, puesto que gran parte de la historia coreana del siglo XX está ligada a la guerra, de hecho a día de hoy oficialmente sigue en guerra con Corea del Norte.

Llegamos al parque de Yeouido un domingo por la mañana y presentaba un gran ambiente, el día estaba soleado y el parque, en la ribera del río Han, tenía una gran actividad con mucha gente en bici o de picnic. Nuestro objetivo, como despedida de Seúl, era unirnos a la Masa Crítica que se celebraba ese día, como grandes defensores del ciclismo urbano y participantes habituales de la Masa Crítica de nuestra ciudad nos parecía una buena forma de establecer contacto con los locales y de despedirnos de la ciudad.

En el parque terminaría el paseo pero comenzaba en la otra punta de la ciudad, así que comenzamos alquilando una bici en el parque, algo que hacía mucha gente, pero a nuestra pregunta de si se podía llevar la bici (que eran tipo paseo) por el resto de la ciudad nos miraban extrañados como si no entendieran, “las bicis son para pasear por el parque ¿por qué se iban a llevar por la ciudad?” debían pensar. Total, que al final decidimos seguir nuestro camino y comenzó la odisea de llevar las bicis en el metro hasta el punto de salida, que aunque estaba permitido llevar las bicis en el metro en domingo no había ninguna facilidad para ello. Al final llegamos al punto de salida (diferente al habitual, porque el centro estaba cortado por la visita del Papa) y tuvimos un gran recibimiento por parte de los ciclistas de la Masa Crítica de Seúl, ya habíamos contactado con ellos previamente por internet, y pese a que no eran muchos, una veintena, nos recibieron con gran amabilidad y muy interesados en nosotros y en nuestra Masa Crítica, fueron realmente simpáticos. En el grupo también había un neozelandés y un californiano que hablaba español. Disfrutamos de la experiencia de circular en bici por Seúl, ciudad que no está muy preparada para ello, pero al hacerlo en grupo es más fácil.

Llegamos al parque Yeouido, donde se finalizaba la Masa Crítica con un picnic de pollo con cerveza (¡cómo no!), pero no tuvimos mucho tiempo para disfrutarlo, agradecimos la buena acogida e intercambiamos contactos y nos tuvimos que ir, ya que teníamos que devolver las bicis, ir a por las mochilas y directos al aeropuerto, porque esa misma noche salía nuestro vuelo de vuelta.

Realmente Corea del Sur fue una gran sorpresa, a su gran historia y sus peculiaridades se unieron sus habitantes, que con su buen trato y simpatía nos dejaron un grato recuerdo del país.

Vídeo de Corea del Sur

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