India

La India es un destino que atrae, su milenaria historia, sus curiosas tradiciones y sus exóticas gentes han ejercido de imán para viajeros de todas las épocas. Pero no vamos a negar que es un destino que nos daba cierto respeto, ya que también son miles las historias de viajeros que hablan de enfermedades graves, timos, impacto ante la extrema pobreza… así que habíamos decidimos ir cuando estuviéramos un poco más curtidos en países “menos civilizados” (con todas las comillas posibles) y creemos que ha sido un acierto ya que nos ha permitido disfrutar más de la experiencia. Viajes previos a Camboya, Malasia o Filipinas han sido una buena escuela para aprender a desenvolvernos en las caóticas ciudades asiáticas, aunque la India siempre es más intensa e impactante, que es lo que buscábamos en este viaje.

Por diversas circunstancia esta vez éramos cuatro en vez de dos los que partimos en pleno agosto con destino Delhi, plena época de monzón que no es la mejor para viajar al norte de la India (pero es la que podíamos), se supone que íbamos a tener calor y lluvias, de lo primero tuvimos y mucho pero las lluvias casi no aparecieron en toda nuestra estancia.

Tras una pequeña escala en Estambul llegamos a Delhi a primera hora de la mañana, la moderna terminal 3 del aeropuerto ya nos recibía con motivos indios y con lentitud india en los trámites de la frontera, y eso que afortunadamente desde este año se puede tramitar el visado on-line, evitando un farragoso trámite previo con la embajada (pero no el pago del visado, que eso lo siguen cobrando y bien cobrado). Pese a que el metro que te lleva a la ciudad es moderno por la ventana empiezas a ver lo que te espera en los próximos días, y siempre hace ilusión ver tu primera vaca en medio de una avenida de tres carriles.

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DELHI

Cuando llegas a la estación central de Delhi empieza la bueno, te recibe una bofetada de calor y miles de ojos indios te observan, en la India todo es intenso y las estaciones de tren es uno de sus epicentros, multitudes de curiosas gentes varias yendo de un lado a otro, personas durmiendo en el suelo esperando, bultos inimaginables y olores intensos.

Simplemente el tener que atravesar la estación, ya que nuestro hostal estaba el otro lado, se convirtió en una odisea. En unos días se celebraba el “Día de la Independencia”, la fiesta nacional, y las medidas de seguridad eran máximas y había varias pasarelas cortadas, y fuimos víctimas de nuestro primer intento de timo. Un indio muy solícito se nos acercó, “¿De dónde sois? Ah España! Madrid, Barcelona…”, “pues resulta que como es la fiesta nacional el barrio donde vais está cortado ¿? y necesitáis un permiso especial para acceder, pero no hay problema, vais a esta agencia que yo os apunto y os lo harán…”, como ya habíamos leído sobre ello no le hicimos ni caso y nos despedimos amablemente y deseando que se metiera el papel por donde le cupiera, tras unas vueltas más por la estación conseguimos llegar al otro lado, donde estaba el barrio de nuestro hotel, que, oh sorpresa, no estaba cerrado y se podía acceder libremente. El mejor consejo que leímos antes de ir fue “preparad el viaje y estar informados”, nos ayudó mucho.

Elegimos alojarnos en la zona de Paharganj, zona poblada de hoteles y bien situada entre Old Delhi y New Delhi. En la India puedes alojarte en hoteles de entre un euro al día y más de mil, pero elegimos una opción intermedia y por 10/15 euros la noche tuvimos hoteles bastante decentes. Por eso de adaptarse poco a poco el de Delhi era bastante “occidentalizado” y suponía un buen refugio para descansar del bullicio de la ciudad.

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No recomiendan permanecer mucho tiempo en Delhi pero un par de días si que íbamos a dedicarle, así que una vez dejadas las pesadas mochilas nos lanzamos a descubrir la ciudad. Con el primer paseo por el Main Bazar ya nos empezamos a empapar del ambiente de las ciudades indias, un sincronizado caos en el que dominan la basura y los pitidos, dicho así no suena muy atractivo pero es fascinante y como viajeros que buscamos lo peculiar, te acaba atrapando.

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Tomamos el metro, que lo vimos bastante barato, limpio y eficiente, y nos dirigimos al Templo del Loto, un templo abierto a todas las religiones y cuya arquitectura recuerda a la opera de Sídney, es curioso pero tampoco nos pareció gran cosa aunque es gratuito y tiene unos agradables jardines alrededor. Había bastante gente y tuvimos que hacer un poco de cola, en fila india, claro.

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Nuestra siguiente parada fue la Tumba de Humayun, también conocido como el pequeño Taj Mahal, porque al igual que el más famoso monumento de la India es una buena muestra del arte mogol y sirvió de inspiración a aquel. Está muy bien conservado y el entorno es precioso, el complejo tiene varios edificios más que merecen la pena, aunque empezamos a apreciar la diferencia de precio en las entradas entre los indios y los forasteros, que repetiría en otros sitios de interés.

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Afrontamos uno de los platos “fuertes” de la ciudad, recorrer Old Delhi, nos habían avisado que la visita a esta zona era fuerte y realmente lo es. Casas es un estado lamentable, recubiertas de cables que no pasarían la mínima revisión de seguridad, animales y gente pobre, muy pobre, realizando sus tareas cotidianas en modestos negocios o simplemente sobreviviendo, llegamos a ver un chico joven muerto en la calle lo que nos dejó mal cuerpo. Sin embargo, nadie nos pidió dinero, al contrario que en las zonas turísticas y no tuvimos sensación de inseguridad en ningún momento. Entre las intrincadas callejuelas del barrio aparece la mezquita Jama Masjid, la mayor del país dicen, y el Fuerte Rojo, otro de los iconos de Delhi, y que no podíamos visitar porque por la fiesta nacional estaba cerrado. Las fotos no son capaces de reflejar la realidad del barrio, y ciertas imágenes era mejor no captarlas por respeto.

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Cuando creíamos que ya habíamos pasado lo peor del barrio llegamos a una zona de solares y chabolas, donde los niños crecían y jugaban directamente en un vertedero de basura, o lo más parecido que puede haber.

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Y casi de una calle para otra, y haciendo gala de los fuertes contrastes de la ciudad, se llegaba a un parque bastante bien cuidado y agradable, donde las familias celebraban el día festivo y al final del cual estaba el Raj Ghat, el memorial a Gandhi, en el lugar donde fue incinerado en 1948. También intentamos ir a la casa-museo de Gandhi pero también estaba cerrada.

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Delhi también tiene una zona más nueva, en un arrebato de originalidad llamada New Delhi, en la que se nota la presencia colonial inglesa. Connaught Place es su máximo exponente, un parque, plaza y construcciones en forma de anillos circulares de arquitectura victoriana y donde se encuentran tiendas y restaurantes más occidentales, un mundo totalmente diferente del que nos podemos encontrar en Old Delhi. Al contrario que en otras grandes ciudades asiáticas no existe, o no vimos, un centro financiero de grandes edificios que siempre suele existir.

Nos dejamos muchas cosas por ver en Delhi (siempre hay que dejarse cosas para volver ¿no?) pero ya estábamos deseando empezar a recorrer el país en sus trenes, que tantas veces habíamos visto ya en nuestros continuos cruces por la estación.

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El tema de las ratas merece mención aparte, por lo leído nos esperábamos encontrarnos con estos simpáticos compañeros en numerosas ocasiones durante nuestro viaje, pero la verdad es que por la calle las vimos en contadas ocasiones, salvo en las estaciones, que ahí sí que se mantienen fuertes. Sin embargo vimos ardillas por todos los sitios, los parques estaban plagados, teníamos la teoría que las ardillas estaban acabando con las ratas salvo en las estaciones, pero como no tenemos pruebas científicas no lo diremos muy alto.

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Usar el grandioso sistema ferroviario indio es otro de los retos que, por qué no decirlo, también imponía cierto respeto aunque tras la experiencia podemos decir que no ha sido para tanto, salvo la ultimísima clase en la que no hay numeración ni, parece ser, límite de viajeros, el resto de clases son ordenadas y relativamente limpias. Aun así nuestra aventura empezó con incidente al acudir a la estación y ver que nuestro tren no aparecía en los paneles, tras unos momentos de confusión en una ventanilla nos explicaron, no sin dificultad, que el tren salía desde otra estación. Afortunadamente habíamos acudido con tiempo pero necesitábamos un taxi para llegar en hora, ya estamos curtidos en la negociación y el regateo y rápidamente teníamos un vehículo a nuestra disposición para llevarnos a la estación de Old Delhi a través de un recorrido por los “suburbios”, que si de día ya ofrecen una imagen curiosa de noche imponían mucho más. Aquí tenéis un vídeo de parte del trayecto que habla por sí solo:

Al ser nuestro primer trayecto y tener que pasar toda la noche elegimos un compartimento de primera con cuatro camas, en literas de dos, que aunque no merece mucho la pena la diferencia de precio que tiene respecto a la segunda y tercera (que fue donde viajamos otras veces), nos permitió descansar y prepararnos la cena, que consistió en unos noodles calentados con gran dificultad por culpa del voltaje.

JODHPUR

Llegamos a la mítica región de Rajastán y amanecimos en Jodhpur, supuestamente la ciudad azul, aunque en la estación era bastante gris pero al ir adentrándonos en la trama del barrio antiguo sí que empezamos a comprobar que nos íbamos a encontrar un “pueblecito” (de sólo un millón de habitantes) mucho más tranquilo y apacible que Delhi, si es que estas características se pueden aplicar a algún lugar de la india.

Jodhpur se desparrama a los pies de la montaña donde se asienta su magnífico fuerte y la ciudad vive en las terrazas, desde nuestro alojamiento en la parte de alta de la ciudad contemplábamos como sus ciudadanos charlaban, comían, jugaban o volaban cometas desde la parte alta de las viviendas. Y sí, desde este punto de vista, muchas eran azules, color que originariamente representaba a la casta Brahmán.

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Lo más destacado de la ciudad es el Fuerte de Mehrangarh, fortaleza en lo alto de la montaña que desde 125 metros de altura domina toda la ciudad y que no desentonaría como escenario de Juego de Tronos. La imponente fortaleza, construida en 1460, se compone de un palacio, con un buen museo dentro, jardines y un templo. Era la residencia de los marajás, que hoy en día residen en un palacio más acorde a lo que es vivir actualmente… pues eso, como un marajá. Es de los sitios que más nos gustó de todo el viaje y la visita es muy interesante y amena. Los patios son muy curiosos, con pequeñas ventanas a través de las cuales se puede ver sin ser visto, cotillas que eran en la época.

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A lo lejos se ve la actual residencia

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Cerca del fuerte se encuentra Jaswant Thada, un mausoleo conocido como el Taj Mahal de Manraw, y es que en la India cualquier mausoleo destacable es conocido como el “Taj Mahal de no-se-que” hay que reconocer que los mausoleos les salen niquelados. No es muy grande, pero es bonito y sólo las vistas de la ciudad y de Mehrangarh desde allí ya merecen la pena.

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Ya bajando a la ciudad, ésta se articula alrededor de la plaza de la torre del reloj Ghanta Ghar, a los pies de la cual se desparrama un colorido y animado mercado que día y noche anima las calles del centro.

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Una de las mejores cosas que puede hacerse en Jodhpur (y en casi todas las ciudades del mundo) es pasear y perderse por los barrios de la zona azul en los que la gente se sorprendía más de vernos fuera de las zonas turísticas, especialmente a los niños que nos saludaban y daban la mano, aunque un niño gamberrete pensó que era buena idea tirarnos piedras que, pese a no ser experto en las costumbres indias no parece una buena bienvenida, pero fue más una anécdota que otra cosa, ya que hasta sus amigos se lo recriminaron.

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El pequeñajo de en medio  era el capullín que nos tiraba piedras.

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La última noche antes de irnos, cenando en uno de sus numerosos restaurantes en una azotea, con vista a un iluminado Mehrangarh, nos dimos cuenta de lo mucho que nos había gustado esta ciudad y del gran encanto que tenía.

JAIPUR

A primera hora la mañana tomamos un tren, esta vez en tercera clase, que en unas seis horas nos llevaría a Jaipur, la capital del Rajastán. Unos días después teníamos que pasar una noche en la misma clase pero ya comprobamos que se iba bastante bien, consta de ocho literas por apartado, pero no existe sensación de agobio y los empleados pasan limpiando continuamente.

Jaipur es más grande y más desarrollada, con un tráfico intenso y barrios residenciales de nivel “alto” alternando con decrépitos vecindarios, a veces separados sólo por una valla. Jaipur es la ciudad rosa, pero al igual que Jodhpur con el azul lo de los colores se reserva para la parte antigua. La ciudad rosada fue construida así ya que el color equivale al de la suerte y su símbolo más destacado es el Palacio de los Vientos o Hawa Mahal, que en realidad es una fachada con multitud de ventanas, en concreto 953, a través de las cuales sopla el viento y cuya función era la de permitir que las mujeres del harén pudieran observar lo que ocurría en la calle sin ser vistas (como pasaba en Mehrangarh), una especie de viejas del visillo de la antigüedad. Por supuesto una vez dentro no hay que dejar de mirar por las ventanitas cual miembro del harén. Desde arriba se tiene una buena vista de la ciudad rosa, el palacio de la ciudad y del curioso observatorio astronómico que se encuentra en los jardines. Que como el precio de la entrada también era un poco astronómico, ya lo vimos desde arriba del Hawa Mahal.

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Albert Hall Museum y escenas urbanas

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El Fuerte Amber es otro de los iconos de la ciudad, pero está situado a 11 kilómetros de distancia, así que ese día negociamos con un tuk-tuk para que nos llevara a varios sitios y pusiera nuestra vida en juego durante todo el día con su alocada conducción, que podíamos calificar de totalmente normal allí. La fortaleza-palacio está en un entorno magnífico en lo alto de una colina en el centro de un valle, con un lago a sus pies. Desde la carretera hay una subida de unos veinte minutos andando o, como manda la forma tradicional de los turistas, subirlo a lomos de un elefante. Nos habíamos propuesto no usar los elefantes ya que el proceso de domesticación de un elefante es extremadamente cruel y no nos gusta contribuir a perpetuar estás practicas (más información) pero pese a verlos comprobamos que ya están prácticamente en desuso, y sólo vimos un par de elefantes subir y bajar, casi todos los visitantes subíamos la montaña a pie por las escaleras, que por otra parte tampoco era nada dura. Parece ser que las autoridades han encarecido en los últimos tiempos esta práctica, lo que ya no la hace rentable, sea por lo que sea es una buena noticia.

La entrada volvía a ser cara y la presión/pesadez de los vendedores fue la mayor que vimos en toda la India, pero una vez dentro, con los monos saltando entre las estancias del palacio mereció mucho la pena la visita a todo el complejo, de más de 400 años de antigüedad.

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La siguiente parada de nuestro tour-suicida fue el Jal Mahal, Palacio del agua, que crea una bonita estampa sobre el lago con su estilo mogol típico del Rajastán. Allí negociamos con nuestro conductor el añadir un desvío y que nos llevara al Templo de los monos, donde viviríamos los momentos más curiosos del día y una buena anécdota.

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El templo de los monos se encuentra en lo alto de una montaña y al llegar a la base ya vimos que cumple lo que promete, monos por todos lados, y cerdos, vacas, ratas, un chico con una serpiente… la subida se hace amena acompañados de los simios y algún monje, al tomar un desvío se llega a un pequeño templete desde donde hay una inmejorable panorámica de toda la ciudad de Jaipur. Una especia de monja de allí nos hace un pequeño paripé y nos pide un donativo, las vistas de la ciudad merecen la pena pero el templo no nos parece gran cosa. Días después descubrimos de después del desvío se llegaba al auténtico “templo de los monos” que estaba más lejos y tiene una pinta impresionante, pues algo que ya tenemos para la próxima vez… de todas formas la visita fue curiosa y mereció mucho la pena.

Panorámica de la ciudad:

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Y el auténtico Templo de los monos, en foto sacada de internet.

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En Jaipur no perdimos la ocasión de acudir a un cine indio, concretamente al histórico Raj Mandir, una maravilla con la grandiosidad que los cines ya no tienen aquí. Más que a ver la película fuimos a ver al público, es conocido como vive el público indio las películas, riendo, aplaudiendo y bailando. Nos decepcionó un poco ya que el público sólo fue efusivo en ciertos momentos, tal vez la película no fuera la mejor, ya que la superproducción Mohenjo Daro tenía pocos números musicales. Pero pese a estar en riguroso hindi nos enteramos de todo el argumento y entre el “mojenjo” y la “mojenja” ya tuvimos coñas para todo el viaje, además no sabéis lo pegadizas que eran las canciones…

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AGRA

A la mañana siguiente tocaba tren otra vez, esta vez una clase que llaman “ejecutiva” y que consiste en asientos de filas de tres a un lado del pasillo y dos al otro, incluye un desayuno pero no quisimos tentar a la suerte y como no tenía una pinta muy higiénica ni lo probamos. Había varios occidentales devorando a dos carrillos, nos quedamos con las ganas de saber cómo les sentó unas horas después. Nuestro destino era Agra, visita obligada en una primera visita a la India, ciudad que alberga su monumento más conocido, sumun de la belleza.

Aunque la llegada a la ciudad fue lo más alejado que se pueda imaginar uno de la belleza, las vías de tren atraviesan literalmente un vertedero kilométrico donde los indios hacen la vida tranquilamente, incluyendo mear y cagar sin ningún pudor. Si además adivinaban alguna melena rubia de mujer en el tren directamente hasta enseñaban la chorra.

El Agra tuvimos un hotel muy apañado, en la India puedes dormir en hoteles desde casi un euro la noche a varios cientos, pero en el rango de entre 10 y 20 euros la noche hay una calidad bastante decente sin pasarse con la “local experience” (que en la India suele incluir mucha fauna). El hotel de Agra era limpio, muy nuevo y con una piscina en la azotea que se agradecía muchísimo para mitigar el pegajoso calor.

Aunque Agra tiene algunos sitios de interés, como el Fuerte Rojo, que no llegamos a visitar por dentro por falta de efectivo en ese momento, y un par de mausoleos más, no nos vamos a engañar que la mayoría vamos a Agra a visitar el archiconocido Taj Mahal.

Y llegó el día, todo viajero sabe que alguna vez acabará visitando el Taj Mahal, una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno, dicen. Un sitio icónico de los que llevas toda la vida pensado cuando irás a verlo. Tras ir a una puerta y que nos enviaran a otra que tenía taquillas para dejar las mochilas (que no estaban autorizadas a entrar) y hacer un poco de cola entramos al recinto, que como es de esperar está a rebosar. Más de turistas indios que de foráneos, también es verdad que su entrada es mucho más asequible que la nuestra.

Pasar el último pórtico y encontrarte de frente con la imagen que tantas veces has visto reproducida produce una sensación muy especial, y pese a que ya sabíamos que estaba parcialmente en obras de restauración, no pierde su majestuosidad. La obra cumple de la arquitectura mogola quizás no sorprende a primera vista, por ser su imagen tan familiar, pero sí que lo hace unas vez te vas acercando, es impresionante como están esculpidos los relieves en el mármol que cubre absolutamente todo el edificio. Dentro del mausoleo se encuentran las tumbas del emperador y su esposa, cuya muerte propició la construcción del complejo. Éste se completa con algunos edificios secundarios y jardines, en los que aún se corta el césped a mano y te puedes encontrar algún mono.

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Tras la visita al Taj Mahal teníamos que esperar a coger un tren nocturno que en unas 14 horas nos iba a llevar hasta nuestro siguiente destino: Varanasi. En el hotel se portaron muy bien, y pese a que ya habíamos hecho el check out nos permitieron estar en la piscina pasando unas horas y duchándonos antes de ir a subirnos en nuestro tren que supuestamente salía a las 12 de la noche, un lujo para mitigar el húmedo calor que reinaba. A estas alturas ya teníamos un arte en el regateo que ni Maradona, así que nos desplazamos en tuk-tuk a la estación que estaba en la otra punta de la ciudad.

Ya hemos comentado que en las estaciones indias se concentra buena parte de la esencia para un viajero del país. Y así entre gente tirada en el suelo y ratas por los andenes vimos como nuestro tren se retrasaba una y otra vez hasta acumular dos horas y pico, lo trenes indios tienen fama de impuntuales pero hasta ahora habíamos tenido suerte, esta vez no. Una vez en el tren teníamos por delante una larga noche para dormir en las literas de tercera clase, que apiñan hasta ocho literas por compartimento. Pese a que sus dimensiones son algo pequeñas para nosotros no es para tanto, ya habíamos visto en un viaje anterior como eran y, la verdad, es que son bastante limpios y la gente se comporta bastante bien, salvo algunos ronquidos escandalosos que supongo que no son voluntarios.

VARANASI

Amanecimos en las inmediaciones de Varanasi, y cuando nos íbamos acercando creció el rumor entre los occidentales de que el tren no iba a parar en Varanasi, por el retraso se iba a saltar ese trozo, así tal cual. Lo curioso es que nos fuimos entre nosotros porque a cualquier indio que le preguntaras ponía cara de póker y no tenía ni idea. Al final nos bajamos en una estación cercana y cogimos un tren de cercanías que nos acercó a Varanasi, sin comprar billete porque total, allí funcionan las cosas así y en realidad nosotros habíamos sacado el billete hasta Varanasi.

Cuando nos íbamos acercando a la ciudad nos dimos cuenta de que había muchas zonas inundadas pero hasta que no llegamos a la ciudad no nos dimos cuenta de la verdadera dimensión: La ciudad estaba sufriendo las peores inundaciones de los últimos 40 años, que ocasionaron 22 muertos, y nos iba a impedir visitar los mayores atractivos de la ciudad.

Varanasi, que en realidad en castellano es Benarés, es una de las siete ciudades sagradas del hinduismo y también de otras religiones. Es una ciudad de peregrinación, donde los fieles van darse un purificador baño en el Ganges o a quedar a sus muertos. Cuando ves el color del río piensas que un baño ahí puede ser cualquier cosa menos “purificador”. Todo esto se articula en sus famosos ghats, escalones de piedra que dan a las orillas del río. Nosotros nos los encontramos totalmente inundados, así como las calles adyacentes. Privándonos de ver los principales atractivos de la ciudad, son cosas que pasan cuando se viaja y no se pueden prever, ya tenemos otra excusa para volver. Algunas cremaciones se seguían realizando en las azoteas y vimos algunos cuerpos preparadas para ellas, de todas formas las cremaciones hinduistas al menos sí que las pudimos ver poco después en Katmandú, unos cientos de kilómetros de Ganges más al norte.

La imagen habitual de los gaths es esta (foto sacada de internet):

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Y esta es la imagen que nos encontramos:

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Debajo de ese enorme río están los ghats.

Sin embargo sí que pudimos visitar otros templos de la ciudad y sus tradicionales lavaderos, en una ciudad que respira espiritualidad en cada calle mezclada con el tradicional caos callejero del que es imposible escapar en ninguna calle del país.

Allí estuvimos alojados en un hostel con bastantes jóvenes de distintos países, estuvimos hablando con una chica madrileña. Nada más llegar a la India con una amiga, comieron en un puesto callejero, al día siguiente estaban ingresadas en un hospital por varios días, a la salida la amiga pilló el primer avión que pudo hacia España, ella decidió seguir visitando la India y después de un tiempo ya estaba empezando a disfrutarlo. Nos hizo ver que todas las precauciones que habíamos tomado no habían estado de más. Nosotros conseguimos pasar todo el viaje sin enfermar.

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Tras una breve escala en Delhi con destino Nepal acababa nuestra pequeña introducción a la India, nuestra intención era tener una primera visión del país, que es inmenso y da para visitarlo durante meses, por no decir años. Pero nos dio tiempo a ver algunas de las mejores y peores cosas que alberga el país, con sus grandes extremos.

Hay un tópico viajero que dice que la India o la amas o la odias, no seremos tan extremos, en general nos ha gustado pero no diríamos que es nuestro país favorito de Asia. Cuando estás allí hay situaciones en las que no ves el momento de salir del país y sin embargo, conforme va pasando el tiempo, echas de menos pasear por sus calles e imbuirte del peculiar ambiente de sus calles, ese que irremediablemente nos hará volver alguna vez…

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